anglicanos.net -  Jesús de las Cicatrices
(Semillas de Fe 208)
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    Muy pocas personas en el mundo están completamente ajenas o indiferentes al sufrimiento.  En este último año, con la tragedia del tsunami en Asia, la bomba en Madrid y los incendios devastadores en Asunción y Buenos Aires, repetimos la gran pregunta del millón: ¿Cómo es que Dios permite tanto sufrimiento?  ¿Dejó el timón del universo?  ¿Será que se cansó de nosotros? (preguntas del 'abogado del diablo') .
    A continuación, para imprimir y reflexionar en esta Semana Santa, leemos una poesía de
Edward Shillito que surgió de la carnicería de la Primera Guerra Mundial, citada en el excelente libro La Cruz de Cristo (1)
'Si nunca te hemos buscado, te buscamos ahora;
tus ojos arden a través de la oscuridad,
nuestras únicas estrellas;
necesitamos la visión de marcas de espinas en tu frente,
te necesitamos a ti, oh Jesús de las cicatrices.

Los cielos nos asustan; están demasiado calmos;
en todo el universo no tenemos ningún lugar.
Nuestras heridas nos duelen; ¿dónde está el bálsamo?
Señor Jesús, por tus cicatrices conocemos tu gracia.

Si te acercas, cuando las puertas están cerradas,
sólo muestras esas manos, ese lado de ti mismo;
sabemos hoy lo que son las heridas, no temas;
muéstranos tus cicatrices, conocemos la contraseña.

Los otros dioses eran fuertes; pero tú fuiste débil;
ellos cabalgaban, tú tropezaste hacia un trono;
pero a nuestras heridas sólo las heridas de Dios
pueden hablarles,
y ningún dios tiene heridas, sino sólo tú'.

'La Cruz revela el amor de Dios'  (Aquí Stott compara Buda con Cristo):
'Yo mismo no podía creer en Dios si no fuera por la cruz.  El único Dios en el cual creo es Aquel que (el filósofo) Nietzche ridiculizó como 'Dios en la cruz'.  En el mundo real de dolor, ¿cómo podría alguien adorar a un dios que fuese inmune al dolor?  He tenido la oportunidad de entrar en muchos templos budistas en diferentes países asiáticos; me he detenido respuetuosamente ante la estatua de Buda, que aparece con las piernas cruzadas, los brazos cruzados, los ojos cerrados, una leve sonrisa alrededor de la boca, una mirada remota en el rostro, totalmente apartado de las agonías del mundo. Pero vez tras vez, después de un rato he tenido que alejarme del lugar. En mi imaginación me he vuelto, en cambio, a esa figura solitaria en la cruz, retorcida y torturada, con clavos que le atraviesan las manos y los pies; con la espalda lacerada, las extremidades disclocadas, la frente ensangrentada por acción de las espinas, la boca seca, sintiéndose intolerablemente sediento, sumido en las tinieblas del abandono por parte de Dios. 
    ¡Ese es el Dios que quiero yo!  Él hizo a un lado su inmunidad al dolor. Ingresó en nuestro mundo de carne y sangre, de lágrimas y muerte. Sufrió por nosotros.  Nuestros sufrimientos se vuelven más manejables a la luz de los suyos. Sin duda persiste el signo de pregunta frente al sufrimiento humano, pero encima de él estampamos nítidamente otro signo, el de la cruz que simboliza el sufrimiento divino. "La cruz de Cristo... es la única autojustificación de Dios en un mundo" como el nuestro.'
Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, un pecador.
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(1) La Cruz de Cristo, pág.371-3: John Stott, Ediciones Certeza, 1996
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Pr. Tony Somervell, Asunción, Paraguay 
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